Como Celebrar El Domingo de la Divina Misericordia

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La Imagen de la Divina Misericordia

¿Era ésta la imagen que vieron los Apóstoles y Santo Tomás? Ellos vieron a Nuestro Señor en Su gloria con Sus heridas, andando hacia ellos en el cenáculo, y ¿Qué les dijo? “¡La paz esté con ustedes!”, y El instituyó el Sacramento de la Penitencia. Es este el mismo cuarto en donde, el Jueves Santo, Jesús estableció la Eucaristía.

A la Imagen de la Divina Misericordia se le debe dar gran honor en nuestras casas y en nuestras iglesias.

Nuestro Señor habla:

“Quiero que la imagen sea bendecida solemnemente el primer domingo después de Pascua y que se le venere públicamente para que cada alma pueda saber de ella” (Diario 341). Nuestro Señor resucitado tiene rayos pálidos y rojos que fluyen de su lado. Estos rayos simbolizan la sangre y el agua que fluyeron de su lado mientras que El estaba en la cruz, pero en su aparición a Santa Faustina, habían sido transformados en rayos gloriosos. El rayo rojo es el sacramento del Eucaristía, la sangre y la vida del alma. Es el alimento que nos hace uno con Nuestro Señor. Su sangre y nuestra sangre se unen. El rayo pálido es el Sacramento del Bautismo y de la Reconciliación, que nos lleva a una unión con Cristo. Cuando estamos heridos por el pecado, el gran médico nos cura a través de sus sacerdotes.


La Imagen

En 1931, Nuestro Señor se le apareció a Santa Faustina en una visión. Ella vio a Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía su mano derecha levantada para bendecirnos. Su mano izquierda estaba tocando su ropa sobre el pecho en el área del corazón, de donde salían dos rayos grandes, uno rojo y el otro pálido. En silencio, ella atentamente miraba al Señor. Su alma con mucha reverencia estaba llena de temor, pero también llena de un gran gozo. Jesús le dijo a ella:

Nuestro Señor habla:

“Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío….Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, la victoria sobre los enemigos (sus enemigos) y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria. (Diario 47, 48)... Ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia (los Sacramentos) Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús en Ti confío.” (Diario 327) ... “Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y en el mundo entero” (Diario 47).

Santa Faustina le preguntó a Nuestro Señor, “¿Qué quieren decir estos dos rayos?”

Nuestro Señor habla:

“Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas . . . Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza . . . Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios. (Diario 299)... A través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil.” (Diario 742).


Cuando pecamos, no cambiamos Su amor por nosotros.

Cuando pecamos, nosotros desfiguramos Su imagen en nosotros. Cuando pecamos, nosotros pensamos que El nos va a dar una paliza. Nosotros mismos somos los que nos damos una paliza. Nuestros corazones se endurecen y bloqueamos la entrada de Sus bendiciones. Todo lo que Dios desea es nada más que bendecirnos. Este cuadro de la Misericordia Divina es una bendición. Mire a esta imagen. ¿Está El enojado? No, El está bendiciendo. Una mano levantada en señal de bendición, la otra señalando a su corazón misericordioso. El le invita a Su corazón y está derramando Su Espíritu sobre nosotros. El amor de Dios es una acción y eso es una bendición. El Papa Juan Pablo II dijo que Jesús vino a revelar al Padre, que es rico en misericordia. Esa era la misión de Nuestro Señor, revelar la misericordia de Dios. Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la obra de Dios es bendición. (Catequismo de la Iglesia Católica 1079). El Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la creación y de la salvación. A través de su Verbo, que es Jesucristo, nos colma de sus bendiciones y por El derrama en nuestros corazones el Don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo. (Catequismo de la Iglesia Católica 1082).



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